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| Extraída de Google. |
Aunque no era nuestro propósito, Gabriel y yo pretendíamos hablar más bien de historia, y con mucho acierto por parte de mi compañero, la conversación derivó un poco hacia cuestiones políticas de actualidad, y la verdad es que yo no tuve al final la oportunidad de expresar lo que pienso sobre el tema, siempre discutible, de la conveniencia o no de dedicar efigies, según que época, a ciertos personajes.
Mi postura es ésta. Las estatuas, sea quien sea la figura esculpida, son obras de arte valiosas; representan a personajes que nadie debemos juzgar a la ligera en su aspecto negativo (vamos, salvo casos de excepción), pues ninguno nos hemos encontrado en sus circunstancias personales, simbolizan hitos históricos que servirán de ejemplo a imitar o a evitar para generaciones futuras; y además embellecen los espacios abiertos o edificios públicos de nuestras ciudades.
Comprendo que un sistema político imperante en un momento dado no premie la actitud de un adversario erigiendo una nueva a su favor, pero yo no retiraría jamás ninguna ya instalada, por malo que se considerase el individuo retratado. Sin ir más lejos, en Madrid hay una dedicada al propio Lucifer y nadie se ha quejado de ella, que yo sepa.
Eso sí, podría considerar admisible el que la autoridad política representativa de cada instante histórico añadiese una plaquita narrando lo que coligiesen atrocidades del personaje, y punto. A esto lo llamo yo espíritu civilizado, lo demás es necedad. ¿O vamos a demoler las Pirámides porque se levantaron (según nos cuentan), a golpe de látigo?
