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La furgoneta tuvo que encender las luces. Nosotros íbamos ciegos, atados a la seguridad que la ignorancia de nuestra corta edad depositaba en nuestras entendederas. Casi todos hacíamos dibujos en el vaho depositado en los cristales del coche: una cara sonriente, un perro de largas orejas.
Nadie observaba con atención lo que ocurría afuera, en ese otro lugar anónimo de más allá de la frontera azul. Todos veíamos la niebla, la misma cortina de niebla que nos acompaña siempre en nuestro ir y venir, de casa a la escuela, de la escuela a casa, cada día. Algunos se fijaron en su incesante movimiento, los que creyeron ver jinetes grises sobre caballos blancos cabalgando bajo las ramas sin hojas de un bosque sombrío. La continua mutación de su espesura llamó la atención de otros, los que imaginaron viejos caserones de foscos propósitos al fondo de una llanura de tierra empantanada, más allá incluso del manto henchido de viento que parecía fuera a despejarse en cualquier momento. Los demás, entre los que me encuentro, íbamos al amparo del calor del Maestro, como había sido siempre, en la seguridad de una realidad llamada Valfindelat.
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Fue Elvira la primera que bajó del coche. Puso las manos a modo de megáfono, sobre sus labios , y gritó:
- Maeeeeeeesssssssstroooooooo.
Nadie respondió a nuestra llamada.
CO N T I N U A R Á ...
pero sólo si tú, lector,
no te atreves a continuarlo.

