— Vamos, siéntate. No vaya a ser que hoy se decida y nos lo perdamos.
— Voy, pero no creo. Lleva así todas las tardes desde hace siete días.
En el edificio de enfrente, a través de una ventana, veíamos a un hombre subido a una silla y con un cable anudado al cuello sujeto a una argolla del techo.
Cada tarde la misma escena: bajaba, subía, daba vueltas por la habitación… se volvía a encaramar, arrimaba la punta de los pies al borde de la silla… pero nada. No se decidía.
— Bueno pues voy a por el café. Parece que hoy tampoco.
— Ya te lo dije. Es un cobarde. A ver si mañana…
