— Cuando era niño, mi madre venía a darme un beso al acostarme y siempre me hablaba de la gente que brilla, sobre cómo hallarlos. Tengo treinta y siete años y sigo buscando. En las calles, cuando viajo en tren, en los restaurantes de Madrid, o en los congresos médicos. Pero nunca he encontrado uno de ellos.
El doctor se reclinó hacia mí en su diván para confidencias:
— No se da usted cuenta, pero tiene un brillo magnífico.