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Esto mismo hizo Esperanza el día en que su madre fue recibida como cocinera en casa de Don Agapito. El abuelo Marcelo la recomendó. Estuvo unos días a prueba como externa y tras ellos pasó al internado. Esperanza se sentó en una de las sillas que había en el cuarto y estuvo todo el día inmóvil.
— Esperaba que mamá volviera y la llevara a casa.
— No te preocupes, que todo irá mejor. Sal a jugar al patio.
Ella vio la cama de matrimonio en madera castellana con colchón de lana, el armario, la mesa y las paredes desconchadas; y fuera, el pozo con su brocal y su cigoñal, el suelo empedrado, las gallinas picoteando los desperdicios del almuerzo, el portón enorme de entrada a las caballerizas. Olió el tufo a estiércol y a paja. Le impresionó sobremanera aquel animal enfurecido que nada más verla en el quicio de la puerta empezó a bramar y a echar espuma por la boca, y aquella gruesa cadena que lo retenía; mas no se inmutó porque supo desde el primer momento que el pastor alemán no quería hacerle daño alguno, que lo único que trataba de comunicarle era que se fuera.
— Tú no pintas nada en esta casona de hacendados, estorbas, no persistas en quedarte que te puede pasar lo que a mí, que te aten a una cadena para siempre y te siembren la desconfianza y la rabia en el alma, esta acidez que me mata - ladró el perro.
Tuvo pena de su ira contenida y se le acercó. Le acarició las orejas, el lomo, la cola. Le sonrió. Él le lamió las manos y la quiso como a una novia.
