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| Extraído de Google |
El poeta contemplaba horrorizado la escena. Era incapaz de moverse, tampoco podía gritar. Su voz temblaba, desaparecía entre ecos moribundos que no llegaba a entender. No comprendía absolutamente nada. No podía esperar nada. Era absurdo, los versos morían en sus entrañas doloridas, maltratados por la espera de los días, por el suplicio de los años monótonos, por las ausencias.
Las palabras huyeron. El silencio era enloquecedor. La senda se perdió para siempre entre los ecos desgarradores de las almas agonizantes, almas que, lentamente, se ahogaron en su propia soledad.
La noche tuvo la culpa, el poeta no supo reconocer su error, y lo pagó caro. Su palabra enmudeció para siempre.
