Cada día mi padre llegaba a casa de mal humor, el alcohol y las drogas no le bastaban. Nosotros éramos su mejor terapia. Yo prefería que me pegara a mí y no a mi madre. Después de martirizarnos se tiraba en su camastro a roncar. Por la mañana despertaba gritándonos. El miedo tardaría en desaparecer. Sin embargo iba apareciendo conforme transcurría el tiempo y, a medida que se aproximaba su regreso, se acrecentaba.