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| Extraída de Google |
La esposa del mayordomo de turnos se encontraba en la ciudad de México pasando una temporada con la hija que estudiaba en la UNAM. Él como de costumbre se había afeitado y duchado en los servicios de la fábrica, limpio del cuerpo y de ropa conducía el viejo automóvil rumbo a su casa, tomar un ligero desayuno y luego dormir unas seis horas. En una callejuela contempló una joven que cargaba un enorme bidón de vidrio para la compra de agua embotellada, aproximó su coche y conduciendo con lentitud al lado de ella le habló.
— ¿Y tu marido por qué no carga el garrafón en lugar tuyo?
— Mi marido está trabajando y no tenemos agua para beber y para cocinar.
Detuvo la marcha y quitándole la carga de sus delgados brazos, abrió la puerta del coche y dijo:
— Súbete, vamos a tu casa, yo me encargo de llevarte el agua que requieras y de otras cositas.
La chica, sin complejos se acomodó en el asiento mientras Roberto colocaba el recipiente en la petaca. La condujo a casa y prometió estar de regreso en diez minutos. Cantando conducía su vehículo y mientras conducía el coche y su mente imaginaba tórridas escenas de amor. Llegó al comercio próximo y canjeo el vacío por uno lleno y adquirió uno adicional, la morena valía más que el pequeño desembolso. Saboreando las mieles de su conquista, llamó a la puerta en donde había dejado a la joven señora. Después de insistir por unos minutos la puerta se abrió y apareció en lugar de la chica un hombre que a Roberto le pareció Popeye por los enormes brazos.
— ¿Qué se le ofrece?
Casi mudo logró tartamudear:
— Me enviaron a traerles agua.
Abriendo un poco más la puerta dijo:
— Tráigala y colóquela en el balancín.
Muy obediente don Roberto cargó por primera vez en su vida un garrafón de veinte litros sobre su espalda, ingresó a hasta la cocina en donde contempló las caderas de la joven que no se dignó agradecer el servicio.
