Es lo que nos enseñaron en la escuela, ir uniendo las vocales y las consonantes en sílabas, las sílabas en palabras, las palabras en frases, las frases en párrafos. Y párrafo a párrafo, verso a verso… gota de sudor también, y a veces de sangre; e ir llegando muy despacio a lo que queríamos decir.
Lo hicimos primero con tiza, en la pizarra marco de madera que llevábamos y traíamos de la escuela a casa, de casa a la escuela; que se podía borrar y reescribir y borrar y reescribir, infinitas veces. ¡Uf!, el cuaderno de rayas azules y su lápiz, con su mina dentro, como una montaña, como una de aquellas montañas asturianas; y la miga de pan que no llegaba a la boca pero que borraba nuestros errores sobre el papel de escolar la mar de bien.
Lo hicimos luego a boli - yo nunca tuve un bolígrafo -, a boli de plástico que el mago de la escuela maleaba delante de nuestros ojos maravillados como si fuera de goma. En el instituto, leídas toda las aventuras de adolescencia posibles, escribíamos cuentos para concursos y nos daban alguna caja de rotuladores que otra como premio a nuestro buen hacer. Llegamos a ser escritores de verdad, conocidos por todos los del aula.
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| Recorte de prensa premio literario que se cita |
Allí, en la Cátedra Feijoo, nos pusieron en nuestro sitio, nos desterraron al pozo de la ignorancia: nunca supe qué geniecillo malhadado me llevó al error de creer que para escribir bien con tener imaginación era bastante. El tiempo de la veintena vino de golpe, como la democracia; y nos dejó sin defensas de acostumbrados que estábamos a la vara del padre. Dejamos de escribir nuestros sueños y empezamos a leer en este libro casi sin palabras que llaman vida los cuentos y las novelas de los otros. Nos fuimos haciendo, nos fuimos ocupando cada vez más de la adultez. Un trabajo, una esposa, un trabajo, el trabajo.

